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Una violación, tres culpables y muchos cómplices

La sociedad ecuatoriana se indigna por una agresión grupal realizada contra una mujer en la ciudad de Quito. Es bueno que lo haga, pues, demuestra que no está dispuesta a tolerar actos violentos que demuestran una terrible degradación social.

No obstante, cabe recalcar que a la indignación debe seguir la reflexión y el análisis de las causas de lo sucedido. Necesitamos preguntarnos si se trata de un hecho aislado, si bastará con poner en la cárcel a los agresores, si lo que genera este acto de brutalidad es solamente lo réprobo de sus pensamientos o si hay elementos sociales de mayor envergadura que afectan a una sociedad entera.

Uno de los textos más escalofriantes de la Biblia es Jueces 18 y precisamente narra la violación grupal de una mujer. En aquel relato se puede percibir la violencia de toda una sociedad y la indiferencia de un representante de Dios (el levita que era pareja de la mujer violentada). Más que de un hecho aislado se trata de un proceso de descomposición social y moral que lleva a la nación a este punto crítico. El relato del libro de Jueces continúa narrando cómo el levita descuartiza a su mujer muerta para enviar trozos de ella a las doce tribus de Israel.

El afán de aquel hombre es anunciar a todos acerca de lo acontecido en una ciudad israelita. Sin embargo, lo que muestra es una cosificación de la mujer que a menudo podemos ver en nuestras sociedades contemporáneas. Es bien sabido por los estudiosos bíblicos que en aquel tiempo los judíos consideraban el entierro como un deber sagrado, tan importante como la ayuda a los necesitados. A modo de ejemplo, el deuterocanónico de Tobías 1:16-17 dice: “…di mi pan a los hambrientos y vestido a los desnudos; y si veía el cadáver de alguno de los de mi raza… le daba sepultura”.

Sin embargo, lo que hace el levita es ventilar por todo Canaán los restos de su difunta esposa. Aquel texto sólo quiere ser una denuncia del grado de perversión al que ha llegado Israel en esos tiempos en que no había “Dios ni ley” entre ellos.

Los tiempos actuales, no distan mucho de aquellos y no me refiero al desinterés por Dios sino al obsesivo individualismo y hedonismo que vivimos.

La indiferencia ante el prójimo se vuelve cada vez más latente. La incapacidad para el dialogo o el deseo de imponernos al diferente -racial, sexual o culturalmente- sólo hablan de nuestra incapacidad de ser comunidad. Y cómo no mencionar el machismo que revela abusos de poder y anulación de la mujer a quien se la considera como objeto sexual o recipiente para procreación humana.

No se trata solamente de la violencia perpetrada hace poco sino de la marcada indiferencia que tenemos ante la violencia contra la mujer, en la negación de ciertos puestos de trabajo “por ser mujer” o a la anulación de sus potencialidades por considerar que ella sólo sirve para tener hijos, unir a la familia y tener limpia la casa.

No se trata solamente de la violencia que nos golpea con crudeza, sino de la que ejercemos al seguir considerando al Estado como el único responsable del prójimo y desentendernos de nuestra propia responsabilidad con él.

El texto de Jueces considera que el fallo fue debido a la falta de rey en Israel. Más adelante los profetas cuestionaran esto pues creen que los reyes no arreglaron las cosas, sino que terminaron generando más despotismo y violencia mutua. De hecho, la historia confirmará esta denuncia.

Hoy en día, el obsesivo esfuerzo por tratar de fortalecer al Estado termina desarrollando totalitarismos que, lejos de anular los desmanes sociales, gesta nuevos estilos de opresión. El afán por salir del desorden nos lleva a buscar un tirano a quien someternos como lo sugería Tocqueville.

El Estado de derecho tiene su lugar y la ley debe ser canalizadora de respuestas ante problemas como el vivido en estos días, pero esto no debe desentendernos del cuidado por el prójimo; del cuidado de los hijos y de la instrucción que se les inculca (que se suele dejar en manos del Estado vía sistema educativo); del cuidado de la familia y de la moralidad que se maneja enfocada en el amor y el respeto al otro; del cuidado de los grupos minoritarios que por su condición son ultrajados por todos y que son una responsabilidad de quienes se consideran hijos de Dios.

Se debe velar porque los culpables paguen de acuerdo con la ley por sus actos, pero no nos quedemos en ello pensando que con encarcelarlos resolvimos el problema. Hay muchos actos de violencia legitimada por la costumbre que seguimos realizando a diario. Es ello lo que también debe parar.

Colaboración para la Confraternidad Evangélica Ecuatoriana

Pr. Pablo Morales – Iglesia Alianza Carcelén

 

 

 

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